CALIU
Algunas notas desde Can Serrat #4
Es verdad, no estoy en Can Serrat. Pero les debía esta entrega que corresponde a la última semana de residencia, así que banquenmé en esta. Es decir, acompañenmé. Así con tilde en la é, un poquito desaforada.
El viernes 24 de julio hacía muchísimo calor. Me desperté en la casa de mi amiga Belu tardísimo, sin saber qué hacer. En general tengo algunos planes en la cabeza. Ir a museos, meterme al agua, tomar un café, caminar. Suelo hacer todo junto, en este viaje sobre todo. Me decidí a caminar y llegar a algún lado a parar, a sentarme. Leí por ahí que Sara Gallardo se pensaba como una mujer de a caballo y ay, sí, te entiendo tanto. A veces tenemos que estacionar el cuerpo y después del reposo seguir. O quedarse horizontal, lo importante es ese descanso. Al tranco manso, sin apuro, no nos corre nadie. Después de comer las mejores croquetas de mi estancia acá, encaré para Vallcarca.
Bajé del metro y sentí lo que Carla me va a explicar más tarde: caliu (rescoldo, calor de hogar, afecto en catalán). Salí y vi el nombre de la avenida, mi República Argentina. Decidí sacarme una foto con el San Martín que me recibió. Considero las señales, formas de volver a casa. Pienso en ver un poco más allá, abajo hay un jardín. Caminé unos pasos, cruzo el puente, con Manu vamos a coincidir luego en que viviríamos acá. Cuando entro a La Dolors, a lugares así, me doy cuenta de que mi vida es esto y no otra cosa, que no podría vivir de otra manera. Un castigo y una bendición.
Definitivamente hay otra patria acá, la patria amiguera que se extiende hacia vaya una saber dónde. Un manto celestial, terrenal, subterráneo, por qué no. Scaloni tiene mucha razón al afirmar que quien tiene un amigo argentino tiene un tesoro. Un tesoro recíproco, yo soy el tesoro de mis amistades y viceversa. Cada vez que necesité sacar la cabeza del enrosque, fui y me junté con gente amada. Fui y salí, hicimos pogo, charlamos en bares, viajamos en trenes, en el bendito Monbus. Y sobre todo, escribimos.

¿Cómo estuve escribiendo todo este tiempo? Diría que de cualquier forma, como hice siempre. Armaba mi mochila, guardaba el cuadernito y la lapicera, paseaba la computadora con el ensayo de Octavio Paz por la residencia. Pocas veces me senté en un café a escribir, me mandé muchas notas a mí misma. Leí muchísimo, eso sí. Gracias a la Biblioteca Verge de Montserrat me nutrí de lecturas muy valiosas, ¡hasta me animé a leer en catalán!





Por momentos en Can Serrat recuperé ese sentimiento de la infancia: una Matilda de zona norte que no paraba de leer y generaba su mundo a partir de ese vínculo, casi siempre solitario. Justo ahora estoy preparando un trabajo para la maestría sobre ese lazo que tejemos cuando leemos y de qué está hecho. ¿Y de qué está hecho, in fact? Precisamente no de soledades, más bien de conversaciones. Creo que lo más importante del viaje fue habilitar el lugar para escuchar y charlar con personas importantes para mí. Renovar puentes, construir otros, poner ladrillo sobre ladrillo. ¡Cuánta falta hace ponerse a charlar! Quizás pueda ser un ejercicio a conservar. Dejás el celular de lado, mirás a la cara a alguien y montás una palabra sobre otra. A ver cómo te va, a ver si el corazón te duele menos.
Ramón Ayala tiene una canción preciosa, perfecta que se llama “El cosechero”1. Él canta “rumbo a la cosecha / cosechero yo seré”, como si el movimiento del trabajo te hiciera lo que sos. Es decir, para cosechar primero hay que sembrar. Y antes, tener las semillas. Mucho antes, decidirte a que vas a hacer eso. Decidirte a que te vas a dedicar a esTo, a juntar algodón y navegar con tu balsa por el río en su “loco vaivén”. Si tuviera que definir quién soy ahora, si tuviera que jugarme por una posición en el campo, es esa. Soy una cosecherita, una cosechera seré. Ojalá pronto puedan ver los frutos de este “trabajo, en fin, pero trabajo amado” en palabras de nuestra querida Sor Juana.
Nos vemos por ahora en Buenos Aires, con muchísimas ganas de encontrarnos y que sea primavera.
Con el corazón siempre mirando al sur2,
Vera.
Me hace acordar al poema “Oficio” de Juan Gelman, ahora que lo pienso.
“El corazón al sur”, tangazo absoluto.

